EL PRINCIPE FELIZ DE ÓSCAR WILDE
Elaborado por Felipe Galán
Practicante UNICAUCA- Programa licenciatura en literatura y lengua
española.
Texto: “El príncipe Feliz”
Autor: Oscar Wilde
ANTES DE LA LECTURA:
- ¿De qué crees se trata la historia?
- ¿Conoces algo sobre Oscar Wilde?
- ¿Cómo suelen ser los príncipes en las
historias?
EL PRÍNCIPE FELIZ
En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.
Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.
Por todo lo cual era muy admirada.
-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.
Y realmente no lo era.
-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.
-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.
-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.
-¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto uno nunca?
-¡Oh! Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.
Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar.
Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad.
Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás.
Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.
-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.
Y el Junco le hizo un profundo saludo.
Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata.
Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano.
-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.
Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.
Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo.
Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó a cansarse de su amante.
-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.
Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.
-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.
-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al Junco.
Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.
-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós!
Y la Golondrina se fue.
Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.
-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme.
Entonces divisó la estatua sobre la columnita.
-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco.
Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.
-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de mirar en torno suyo.
Y se dispuso a dormir.
Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.
-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.
Entonces cayó una nueva gota.
-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de chimenea.
Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.
La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.
Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad.
-¿Quién sois? -dijo.
-Soy el Príncipe Feliz.
-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi.
-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placeres la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.
«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.
-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarla el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!
-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento en tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas, volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada.
-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.
-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe.
Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad.
Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.
Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile.
Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.
-¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!
-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!
Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el ghetto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.
Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio.
La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.
-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.
Y cayó en un delicioso sueño.
Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.
Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía.
Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.
-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno!
Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local.
Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!...
-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.
Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre.
Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.
Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:
-¡Qué extranjera más distinguida!
Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.
-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata.
Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.
-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?
-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.
-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.
Y se puso a llorar.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.
Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.
-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas.
Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.
Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras.
Bajo los arcos de un puente
estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse.
- ¡Qué hambre tenemos! -decían.
-¡No se puede estar tumbado aquí!
-les gritó un guardia.
Y se alejaron bajo la lluvia.
Entonces la Golondrina reanudó su
vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.
-Estoy cubierto de oro fino -dijo
el Príncipe-; despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres
creen siempre que el oro puede hacerlos felices.
Hoja por hoja arrancó la
Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.
Hoja por hoja lo distribuyó entre
los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y
rieron y jugaron por la calle.
-¡Ya tenemos pan! -gritaban.
Entonces llegó la nieve y después
de la nieve el hielo.
Las calles parecían empedradas de
plata por lo que brillaban y relucían.
Largos carámbanos, semejantes a
puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se
cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el
hielo.
La pobre Golondrina tenía frío,
cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado
para hacerlo.
Picoteaba las migas a la puerta
del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.
Pero, al fin, sintió que iba a
morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del
Príncipe.
-¡Adiós, amado Príncipe!
-murmuró-. Permitid que os bese la mano.
-Me da mucha alegría que partas
por fin para Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí
demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.
-No es a Egipto adonde voy a ir
-dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana
del Sueño, ¿verdad?
Y besando al Príncipe Feliz en
los labios, cayó muerta a sus pies.
En el mismo instante sonó un
extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.
El hecho es que la coraza de
plomo se habla partido
en dos. Realmente hacia un frío
terrible.
A la mañana siguiente, muy
temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la
ciudad.
Al pasar junto al pedestal,
levantó sus ojos hacia la estatua.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué
andrajoso parece el Príncipe Feliz!
-¡Sí, está verdaderamente
andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión
del alcalde.
Y levantaron ellos mismos la
cabeza para mirar la estatua.
-El rubí de su espada se ha caído
y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde- En resumidas cuentas, que
está lo mismo que un pordiosero.
-¡Lo mismo que un pordiosero!
-repitieron a coro los concejales.
-Y tiene a sus pies un pájaro
muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando
prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.
Y el secretario del Ayuntamiento
tomó nota para aquella idea.
Entonces fue derribada la estatua
del Príncipe Feliz.
-¡Al no ser ya bello, de nada
sirve! -dijo el profesor de estética de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua en
un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía
hacerse con el metal.
-Podríamos -propuso- hacer otra
estatua. La mía, por ejemplo.
-O la mía -dijo cada uno de los
concejales.
Y acabaron disputando.
-¡Qué cosa más rara! -dijo el
oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en
el horno; habrá que tirarlo como desecho,
Los fundidores lo arrojaron al
montón de basura en que yacía la golondrina muerta.
-Tráeme las dos cosas más
preciosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles,
Y el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.
Preguntas nivel inferencial:
a) Su dolor por no poder ayudar a los necesitados
b) Su alegría por vivir en un lugar hermoso
c) Su riqueza y opulencia
d) Su indiferencia hacia los pobres
a) Porque siente lástima por él
b) Porque el Príncipe le ordena hacerlo
c) Porque quiere demostrar su amor al Príncipe
d) Porque quiere obtener una recompensa del estudiante
6. ¿Cuál crees que es el mensaje principal que el autor intenta transmitir a través de la historia?
a) La importancia de la generosidad y el sacrificio
b) La belleza y el poder de la opulencia
c) El valor de la riqueza material sobre la compasión
d) La indiferencia de los ricos hacia los pobres
DESPUÉS DE LA LECTURA
Preguntas nivel crítico:
7. ¿Cuál es el propósito de Wilde al utilizar la figura de la estatua del Príncipe Feliz como protagonista en la historia?
a) Desafiar las convenciones sociales y
culturales.
b) Criticar la superficialidad de la sociedad.
c) Explorar la naturaleza del verdadero amor y
la amistad.
d) Transmitir un mensaje moral sobre la
compasión y el sacrificio
8. ¿Cómo contribuyen los elementos simbólicos, como el rubí en el puño
de la espada del Príncipe Feliz, al tema general del cuento?
a) Reflejan la vanidad y la ostentación.
b) Representan la riqueza material y la
prosperidad.
c) Simbolizan el sacrificio y la generosidad.
d) Ilustran la fragilidad de la belleza
física.
9. ¿Qué crítica social hace Wilde a través de la descripción de la
ciudad y sus habitantes?
a) La falta de empatía y compasión hacia los
menos afortunados.
b) La superficialidad de la belleza física.
c) La corrupción y la injusticia en la
sociedad.
d) La importancia de la apariencia sobre la
realidad.
10. ¿De qué manera el destino final del Príncipe Feliz y la golondrina
muerta refuerza el mensaje central del cuento?
a) Subrayando la inevitabilidad de la muerte y
la pérdida.
b) Destacando la importancia del sacrificio y
la compasión.
c) Ilustrando la dualidad entre la belleza
material y la belleza espiritual.
d) Enfatizando la fragilidad de la vida humana
y animal.
Es linda la solidaridad de un príncipe que en su vida a estado rodeado de lujos (incluso hasta después de la muerte) al querer dar un poco de todo lo q siempre ha tenido pero nunca había brindado porque no conocía la situación de alguien más.
ResponderBorrarLa historia cuenta la vida de un príncipe que vivía en un jardín de mármol, rodeado de lujo y belleza, pero que se sentía solo y triste. Un día, conoce a un ruiseñor que se ha posado en su hombro y le cuenta la historia de la ciudad y la miseria que hay en ella. El príncipe decide ayudar a los necesitados y se sacrifica para que otros sean felices.
ResponderBorrarA mí parecer es una linda historia pues nos cuenta la historia de un amable príncipe es cual vivía rodeado de lujos, al escuchar la historia de su pueblo decide sacrificar lo que tiene para la felicidad de los demás.
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