LA CASA TOMADA: Julio Cortázar
LA CASA TOMADA:
Julio Cortázar
Taller diseñado por: Felipe Alejandro
Galán Murillo
Antes de la lectura:
1. ¿Qué expectativas tienes sobre el
relato basándote en su título, "Casa Tomada"?
2. ¿Qué conoces sobre Julio Cortázar?
3. ¿Cuál crees que podría ser el conflicto principal de la historia basándote en la sinopsis (resumen) proporcionada?
Casa Tomada
Julio Cortázar
Nos gustaba la casa
porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la
más ventajosa liquidación de sus materiales), guardaba los recuerdos de
nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia. Nos
habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura, pues en
esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la
mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las
últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía,
siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos
sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa
y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era
ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor
motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos.
Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea que el nuestro, simple y
silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía
asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día,
vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para
enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la
voltearíamos justicieramente antes que fuese demasiado tarde. Irene era una
chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba
el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía
tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran
pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias,
tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A
veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le
agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada
resistiéndose a perder su forma de algunas horas.
Los sábados iba yo
al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los
colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar
una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en
literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina. Pero es
de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia.
Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro,
pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo sin escándalo.
Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda
de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina,
apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba
hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la
plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía
el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas
viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos
canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos.
Era hermoso. Cómo no acordarme de la
distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y
tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia
Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte
del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el
living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a
la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De
manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía
a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que
conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la
puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía
girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más
estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta
advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un
departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo
vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la
puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta
tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a
sus habitantes y no a otra cosa.
Hay demasiada
tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de
las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo
bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se
deposita de nuevo en los muebles y en los pianos. Lo recordaré siempre con
claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo
en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al
fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada
puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando
escuché algo en el comedor o la biblioteca.
El sonido venía impreciso y sordo, como un
volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación.
También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo
que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes
que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la
llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más
seguridad. Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la
bandeja del mate le dije a Irene: —Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han
tomado la parte del fondo. Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos
cansados. —¿Estás seguro? Asentí. —Entonces —dijo recogiendo las agujas—
tendremos que vivir en este lado. Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero
ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris;
a mí me gustaba ese chaleco. Los primeros días nos pareció penoso porque ambos
habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de
literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene
extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en
invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de
Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los
primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con
tristeza. —No está aquí. Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al
otro lado de la casa. Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó
tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban
las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a
la cocina para ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien y se decidió
esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer
fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resulta molesto tener que
abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba
con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre. Irene
estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco
perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a
revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el
tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en
el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía: —Fíjate este
punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol? Un rato después era yo
el que le ponía ante los ojos un cuadrito de papel para que viese el mérito de
algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no
pensar. Se puede vivir sin pensar. (Cuando Irene soñaba en alta voz yo me
desvelaba en seguida.
Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o
papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis
sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor.
Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba
cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán
que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios. Aparte
de eso, todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el
roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum
filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y
el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más
alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de
loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces
permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al
living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más
despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando
Irene empezaba a soñar en voz alta, me desvelaba en seguida.) Es casi repetir
lo mismo salvo las consecuencias.
De noche siento sed, y antes de acostarnos le
dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la
puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina
o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le
llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir
palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de
este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo
donde empezaba el codo, casi al lado nuestro. No nos miramos siquiera. Apreté
el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin
volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte, pero siempre sordos, a
espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán.
Ahora no se oía nada. —Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba
de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio
que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
—¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente. —No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi
dormitorio. Ya era tarde ahora. Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran
las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella
estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima,
cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que
a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora
y con la casa tomada.
Durante la lectura:
1. ¿Qué detalles del entorno y la
atmósfera de la casa destacan en la narración?
2. ¿Qué pistas o indicios se presentan a medida que avanza la historia sobre la naturaleza de la amenaza que enfrentan los protagonistas?
3. ¿Cómo crees que afecta la dinámica entre los personajes la situación de tener que confinarse en una parte de la casa?
Literal: ¿Cuáles son las acciones principales que llevan a
cabo los protagonistas para enfrentar la situación en la casa tomada?
Inferencial: ¿Qué aspectos de la narración
sugieren posibles interpretaciones sobre el significado simbólico de la casa
tomada?
Crítico: ¿Cómo crees que la estructura narrativa y el estilo
de Julio Cortázar contribuyen a la creación de la atmósfera inquietante y la
tensión en el relato?
TALLER PREGUNTAS ICFES
Literales:
1.¿Qué actividad realiza Irene durante la mañana en la
casa?
a) Tejer chalecos
b). Bordar tapices.
c) Preparar el desayuno.
d) Podar el jardín.
2.¿Por qué los protagonistas deciden persistir solos
en la casa?
a) Porque no les gusta la
compañía.
b) Porque prefieren
mantenerla limpia.
c) Porque no tienen
familiares vivos.
d) Porque tienen malas
relaciones con sus vecinos.
3.¿Qué hace el narrador los sábados aparte de comprar
lana?
a) Visitar a su madre.
b) Arreglar el jardín.
c) Revisar las librerías.
d) Cocinar para Irene.
Inferenciales:
4.¿Cuál es la razón más probable por la que Irene
rechaza pretendientes sin mayor motivo?
a) Porque está
secretamente enamorada del narrador.
b) Porque no quiere
comprometerse.
c) Porque está
decepcionada del amor.
d) Porque tiene miedo de
perder su independencia.
5.¿Qué podría indicar el comportamiento de los
protagonistas al quedarse en silencio al escuchar los ruidos en la casa?
a) Que están acostumbrados
a situaciones similares.
b) Que están tramando un
plan de escape.
c) Que están paralizados
por el miedo.
d) Que están confiando en
su intuición.
6.¿Qué podría sugerir el hábito de cerrar con llave la
puerta y tirar la llave a la alcantarilla al final del relato?
a) Que los protagonistas
son extremadamente cautelosos.
b) Que están aceptando su
destino.
c) Que están mostrando un
acto de rebeldía.
d) Que están renunciando a
su hogar definitivamente.
Críticas:
7.¿Cómo afecta el estilo narrativo de Julio Cortázar a
la percepción de los eventos en la casa?
a) Lo hace más difícil de
comprender.
b) Genera una sensación de
desconcierto.
c) Facilita la
identificación con los personajes.
d) Crea un ambiente de
serenidad.
8.¿Cuál podría ser el propósito de presentar la casa
como un personaje más en la historia?
a) Para enfatizar su
importancia emocional.
b) Para destacar su
arquitectura única.
c) Para resaltar su estado
de abandono.
d) Para sugerir un
ambiente fantasmagórico.
9.¿Qué papel juegan los ruidos en la creación de la
atmósfera de suspenso en el relato?
a) Sirven como señales de
peligro inminente.
b) Representan la
intrusión de lo desconocido.
c) Indican la presencia de
entidades sobrenaturales.
d) Reflejan el estado
mental de los protagonistas.
10.¿Cómo contribuye la dinámica entre los protagonistas
a la tensión del relato?
a) Generando conflictos
internos.
b) la vulnerabilidad de los personajes
c) Proporcionando momentos
de alivio cómico.
d)
Reforzando la sensación de soledad.
Es buena la historia y como la desarrollan porque te contextualiza del entorno, te deja muchas cosas a la expectativa que se considerarían eticamente mal vistas (como el cariño de los hermanos), y esto le causa un poco de controversia y agrega curiosidad a la historia.
ResponderBorrarLa historia es algo curiosa, pues, da una descripción acerca de el entorno con detalle, cuenta cosas que ante nuestra vista son mal vistas, de hecho la descripción de la casa y los sucesos que ocurren en ella, mientras la lees, causa intriga y algo de nostalgia
ResponderBorrarSu estilo innovador y simbolismo profundo lo convierten en una obra maestra,Desafía la noción de seguridad y privacidad.
ResponderBorrarExplora la psicología humana en situaciones de estrés.
Invita a reflexionar sobre la condición humana y la sociedad.